Una revisión publicada en The Lancet resume más de medio siglo de investigaciones sobre estos agentes naturales o modificados genéticamente que podrían abrir una nueva frontera en la oncología. Pero, ¿cómo funcionan exactamente y por qué generan tanto entusiasmo entre los investigadores?
Un arma nacida del azar
La historia de los virus oncolíticos comenzó casi por casualidad. En la década de 1960, la inmunóloga letona Aina Muceniece observó que ciertos echovirus eran capaces de infectar y destruir células de melanoma, uno de los cánceres más agresivos. Su trabajo con el virus ECHO-7, probado en un pequeño grupo de pacientes con enfermedad avanzada, mostró una reducción en la progresión tumoral. Aunque los resultados fueron recibidos con cautela, esa observación marcó el inicio de una nueva línea de investigación: la idea de entrenar a los virus para combatir el cáncer.
Hoy sabemos que un virus oncolítico actúa de manera precisa: penetra la célula tumoral utilizando receptores específicos y desencadena su autodestrucción desde dentro. En ese proceso, la célula libera fragmentos tumorales que funcionan como señales de alarma para el sistema inmunitario, que finalmente logra identificar al enemigo. “Es un doble ataque: directo y a la vez inmunológico”, explica el oncólogo italiano Mario Scartozzi, de la Universidad de Cagliari.
De los experimentos al tratamiento aprobado
Los avances más recientes han transformado la teoría en práctica. En 2015, la FDA aprobó el talimogén laherparepvec (T-VEC), una versión modificada del virus del herpes simple tipo 1, para tratar el melanoma avanzado. Japón siguió en 2021 con la aprobación de teserpaturev, también derivado del herpes, para el tratamiento de gliomas de alto grado. Y en 2022, Estados Unidos dio luz verde al nadofaragene firadenovec, un adenovirus diseñado para pacientes con cáncer de vejiga resistente a terapias convencionales.

Los virus oncolíticos representan una de las fronteras más prometedoras en la lucha contra el cáncer.
Estos hitos marcan una década de progreso que ha permitido integrar los virus oncolíticos al arsenal oncológico moderno. Más aún, los investigadores descubrieron que estos virus pueden potenciar la respuesta a inmunoterapias ya existentes, haciendo que el tumor sea más visible para el sistema inmunitario. Las combinaciones con inhibidores de puntos de control inmunitario —fármacos que liberan los “frenos” del sistema inmune— están mostrando resultados alentadores, especialmente en pacientes con tumores refractarios.
No obstante, la investigación está lejos de haber llegado a su destino. Los virus, por definición, pueden mutar. Y si bien los oncolíticos se diseñan para atacar exclusivamente a las células tumorales, existe el riesgo de que su replicación alcance tejidos sanos. Además, las concentraciones necesarias para eliminar un tumor podrían ser elevadas y provocar efectos secundarios no deseados.
¿Cuál es el siguiente paso?
El siguiente paso será refinar la selección de los virus y adaptar las terapias a las características individuales de cada paciente. La inteligencia artificial ya se perfila como una herramienta clave para analizar datos genómicos, predecir respuestas inmunológicas y acelerar los ensayos clínicos.
El objetivo es claro: utilizar los virus en fases más tempranas del cáncer, como terapias neoadyuvantes o adyuvantes, o en tumores difíciles de tratar, como los que afectan al cerebro.
Resulta casi poético pensar que los mismos organismos que durante siglos causaron enfermedad y muerte, hoy podrían convertirse en portadores de esperanza.

