La idea central del mito parte de un dato real: las células cancerosas usan glucosa (azúcar en sangre) para obtener energía, y muchas lo hacen a un ritmo alto. De hecho, por eso existe el PET-CT, un estudio que “ilumina” zonas de alta actividad metabólica usando un marcador relacionado con la glucosa. El salto equivocado viene después: asumir que comer azúcar “alimenta” específicamente al cáncer y que eliminarla “lo mata”.
Lo que sí sabemos con bastante claridad
El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos (NCI) lo dice sin rodeos: no hay estudios que demuestren que comer azúcar empeore el cáncer o que eliminar el azúcar haga que el cáncer se reduzca o desaparezca.
En la misma línea, Cancer Research UK explica el origen del malentendido: si el cáncer necesita glucosa y crece rápido, parece intuitivo que “cortar el azúcar” lo frenaría. Pero nuestro cuerpo mantiene la glucosa circulante venga de pan, fruta, arroz o azúcar de mesa; y todas las células, no solo las cancerosas, dependen de esa energía.
Dicho de forma simple: aunque quites el azúcar, tu organismo seguirá produciendo y regulando glucosa, porque la necesita para funcionar. No es un interruptor que puedas apagar desde la dieta.

El exceso de grasa corporal se asocia con mayor riesgo de varios tipos de cáncer. La prevención empieza con hábitos sostenibles, no con extremos.
Entonces por qué el tema no es “inocente”
Que el azúcar no sea un “combustible exclusivo” del cáncer no significa que dé lo mismo. La evidencia y las guías serias ponen el foco en otra relación, menos dramática pero más importante en salud pública: el exceso de azúcares añadidos favorece el aumento de peso, y el exceso de peso se asocia con mayor riesgo de varios tipos de cáncer.
La American Cancer Society resume el punto de esta manera: el azúcar añadido no se considera un factor que aumente directamente el riesgo de cáncer, pero consumir demasiado puede contribuir a exceso de peso e inflamación crónica, factores relacionados con el riesgo oncológico.
Por eso organismos internacionales recomiendan límites. La OMS sugiere reducir los “azúcares libres” (azúcar añadida, miel, jarabes, jugos, etc.) a menos del 10% de las calorías diarias, e idealmente a menos del 5% para beneficios adicionales.
En otras palabras, el problema no es “una cucharadita”, sino el patrón repetido: bebidas azucaradas, ultraprocesados, porciones grandes y consumo diario que desplaza alimentos más nutritivos.
La zona gris que conviene mirar con calma
En internet también circulan artículos científicos y revisiones que discuten posibles mecanismos por los cuales dietas muy altas en azúcar podrían influir en procesos relacionados con cáncer más allá del peso. Es un campo activo de investigación y no se traduce en un titular simple tipo “el azúcar causa cáncer”, pero sí refuerza una idea prudente: el exceso sostenido no es buena apuesta para la salud.
Una frase para recordar
El azúcar no es un botón de encendido del cáncer. Pero el exceso de azúcar añadido sí puede empujar un terreno (peso, inflamación, hábitos) que a largo plazo juega en contra. Entre el mito y el permiso total, hay un punto medio mucho más útil: menos azúcar añadida, más alimentación real y sostenible.

